CUANDO COMENCÉ POR PRIMERA VEZ A MEDITAR acerca de mis pensamientos, veía mi mente como algo que podía arreglar. Pero cuanto más lo pensaba, más me daba cuenta de que ella es parte de mí y hace las cosas que hace en un intento por cuidarme. Hay razones por las cuales lucho con dudas y miedo y ansiedad y enojo. Buenas razones. Y sé que también es cierto para ti. Si nunca volvemos atrás y realmente miramos con compasión por qué llegamos a donde estamos en nuestra espiral, terminamos con la vergüenza de tener que “arreglarla”. Y acabamos con más vergüenza cuando se descompone de nuevo.
Pero el Altísimo es un Dios de misericordia. Eso lo vemos a lo largo de toda la Biblia.
En el Antiguo Testamento, Él es paciente con Israel y continúa dando oportunidad tras oportunidad. En el Nuevo Testamento, vemos en Jesús a un Dios compasivo.
La historia de Jesús no es una en la que nos arreglamos y luego Dios nos salva. Es una en la que estábamos completamente perdidos en nuestras transgresiones y errores, y Dios nos rescató de todos modos y nos apartó.
Toda la Biblia es clara sobre el hecho de que tenemos limitaciones, que vamos a cometer errores, que no somos completamente curables en la tierra y, sin embargo, que estamos llenos del Espíritu que nos está ayudando. Somos nuevas creaciones que podemos producir el bien y el fruto del Espíritu. Y, sin embargo, todavía vamos a luchar a diario con nuestra carne y con nuestra mente.
No quisiera que pensaras que eres fácilmente reparable, ni que en los días en que entras en la espiral deberías sentir vergüenza de alguna manera. En todo caso, debes sentir esperanza de que necesitas a Dios y de que contamos con un Dios que está disponible cuando acudimos a Él. Él tiene compasión por nosotros, para que podemos compadecernos de nosotros mismos.
Pero Dios, quien es rico en misericordia, a causa de su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en delitos, nos dio vida juntamente con Cristo. ¡Por gracia son salvos!
(Efesios 2:4-5)